Moldear la estatuilla de El Colombiano Ejemplar

Moldear la estatuilla de El Colombiano Ejemplar

Alejandro Castaño Correa fue el artista que elaboró el galardón que reciben los ganadores en cada una de las categorías.

E l encargo para Alejandro era claro, aunque tenía su grado de complejidad: en él le pedían que pensara en una obra, una estatuilla que representara de forma “general y universal” a los colombianos, que los incluyera “a todos, ya que cualquiera podía ser ejemplar”. Sin embargo, su duda era “¿cómo destacar a uno solo, cuando son más de diez o quince ganadores por categoría?”.

Del otro lado de la línea le hablaban desde EL COLOMBIANO. Alejandro tenía un vínculo muy especial con el periódico, toda vez que en 1985, cuando su carrera como artista recién iniciaba –tenía 23 años, hoy tiene 59–, en la primera página fue publicada la noticia de su distinción como ganador del Salón de Arte Joven organizado por el Museo de Antioquia. “Mi mamá se fue a las dos de la mañana a comprarlo para no quedarse sin un ejemplar”.

Se sentía halagado de que le encargaran esa responsabilidad, y para él fue un honor que de ese modo lo hicieran parte de EL COLOMBIANO Ejemplar, uno de los eventos insignia de esta casa editorial, desde el simbolismo que representa la entrega a los personajes reconocidos.

“De entrada sabía que la obra debía señalar que cualquiera se podía poner ese vestido, recibir ese galardón como colombiano ejemplar”, recuerda.

Esa estructura vertical sobre la que están paradas las figuras, dice, “tiene memoria, tiene el ADN de lo que nos construye como seres vivientes”. La columna está cimentada de palabras, de letras tipográficas clásicas, un detalle poco visible a la vista rápida pero que observado con detenimiento da cuenta, justamente, de esa memoria construida con palabras como “la honradez, la felicidad, el corazón”, de los valores que describen a los colombianos ejemplares.

Concibiendo la idea

En su exploración inicial pensó en representar a un grupo de personas reunido en torno a un mismo objeto u objetivo, según la perspectiva que se le quisiera dar. Todas ubicadas en la cima de un hito, una especie de una estructura vertical tipo obelisco, conformada por cinco figuras que a la vista podrían parecer una sola.

“Lo del objeto para señalar y marcar o conmemorar territorios viene de culturas como las romanas, las egipcias y muchas más que se vuelven en hitos o íconos en muchas ciudades, como es el obelisco de Buenos Aires, en Argentina, o el Ángel de la Independencia en Ciudad de México”, plantea Alejandro.

El objeto, pensado para ser elaborado en serie, fue un molde de silicona a partir de polvo de mármol negro con resina de poliéster.

Esa estructura vertical sobre la que están paradas las figuras, dice, “tiene memoria, tiene el ADN de lo que nos construye como seres vivientes”. La columna está cimentada de palabras, de letras tipográficas clásicas, un detalle poco visible a la vista rápida pero que observado con detenimiento da cuenta, justamente, de esa memoria construida con palabras como “la honradez, la felicidad, el corazón”, de los valores que describen a los colombianos ejemplares.

También era su manera de reconocer a EL COLOMBIANO por visibilizar a esos grupos de personas que desde su quehacer conseguían ese objetivo que estaba representado en la obra. “Lo hice, además, para que si cualquiera de los ganadores lo quisiera hacer, leyera esas palabras como recuerdo de un momento significativo. Cuando pienso que esa escultura la pueden tener Fernando Botero, Juanes, Shakira u otros ganadores, me parece bacano”, señala Alejandro.

La historia del creador

Alejandro Castaño Correa ya intuía, antes incluso de que comenzara su adolescencia, que el arte era su camino. Sus padres, cuando él y sus nueve hermanos estaban muy pequeños, los dejaron “ser y hacer”, y algunos de ellos terminaron eligiendo esta opción de vida. Pero fue Rafael, uno de sus hermanos mayores, coleccionista de juguetes, quien lo atrajo hacia esta escena creativa.

A sus quince años, ya tenía la propiedad de decir que sería artista.

En efecto, al terminar el bachillerato se inscribió para cursar esta carrera en la Universidad Nacional sede Medellín, pero no necesitó de un diploma para entrar al panorama artístico de la ciudad. En 1985 se convirtió en el ganador del Salón de Arte Joven organizado por el Museo de Antioquia, el preludio de otros reconocimientos que vendrían más tarde en su carrera.

Con su talento se fue ganando un espacio en los ambientes artísticos de la ciudad y su nombre fue considerado en importantes salones regionales, nacionales e internacionales.

Uno de sus murales, Chócolo, hecho para EL COLOMBIANO, les da la bienvenida a los viajeros que descienden hacia Medellín desde el alto de Las Palmas, y sus obras han sido objeto del interés de reconocidos empresarios locales como Nicanor Restrepo Santamaría, David Bojanini, José Alberto Vélez, entre otros.

Su taller, su casa, su espacio

Hace poco más de una década que Alejandro habita en Llanogrande. Su casa es al mismo tiempo su taller, el espacio donde les ha dado vida a la mayoría de sus creaciones artísticas. Ahora, afirma, está más enfocado en desarrollar su obra, aunque antes, hasta hace unos doce años, sí producía para empresas, personas particulares u otros artistas.

Como inspiración para su método de estudio creativo se ha basado en las concatenaciones de Leonardo Da Vinci, en que “una cosa me lleva a otra, y esa a otra, y así”. A veces pareciera que tuviera muchos procesos activos al mismo tiempo, pero en su sentir y en su ejercicio son el mismo.

En su taller hay cuadernos y libretas por doquier. Dibujar es una de sus pasiones, aunque principalmente lo hace como parte de su proceso creativo de investigación previo a la elaboración de sus esculturas.

Una de sus afirmaciones más importantes es no inclinarse por un material específico, y en cambio privilegia el concepto “de qué quiero hablar” antes de escoger con qué trabajará. Ha utilizado hierro, cera, bronce, resina, poliéster, fibra de vidrio, plata, entre otros elementos.

“He usado hasta monedas, con las cuales hice unos escudos alusivos al descubrimiento de América. También realicé quinientos caballitos de cera que se derretían fácil al exponerlos al aire libre, y con eso hablaba de la debilidad de los españoles en su invasión al continente americano; hice unos caballos de patas largas hechas en hierro para referirme a las minas antipersonal, y unas esculturas en plata de pequeño formato que entran en la categoría de joyería de autor”, comenta.

Como inspiración para su método de estudio creativo se ha basado en las concatenaciones de Leonardo Da Vinci, en que “una cosa me lleva a otra, y esa a otra, y así”. A veces pareciera que tuviera muchos procesos activos al mismo tiempo, pero en su sentir y en su ejercicio son el mismo.

Cuando conversamos recién había finalizado una escultura tamaño natural, de un metro con setenta centímetros, tallada en piedra extraída en Barichara, Santander, y luego empató con una figura de Venus hecha en cera de parafina; ya antes había hecho algo similar pero en papel y otras en concreto.

“Soy un artista en movimiento. No me encasillo en algunos conceptos, si bien en mi trabajo aparece mucho la figura humana, pero son más como señales o símbolos para representar la verticalidad del hombre, que testarudamente se mantiene de pie para simbolizar la vida, aunque en realidad no me catalogaría como figurativo”, reafirma.

Hiperactivo, positivo y curioso. Ese es Alejandro Castaño Correa.

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