Huir hasta encontrarse: la vida de Luis Alberto Granada

Huir hasta encontrarse: la vida de Luis Alberto Granada

Criado en la Fundación Niños de los Andes, este abogado fue el ganador de EL COLOMBIANO Ejemplar, edición 2000, en la categoría Solidaridad-Persona. Esta es su historia.

Luis perdió la cuenta de cuántas veces huyó en su vida. La primera la tiene clara: fue cuando tenía siete años, haciéndole el quite a la pobreza en que vivía su familia. Lo hizo por influencia de algunos amigos de la misma edad y otros algo mayores con los que pasó la primera noche refugiado en un centro comercial de Bogotá. Fue con los mismos que después comenzó a pedir limosna en los buses, a robar, a consumir pegante.

Su vida recién comenzaba pero estuvo cerca de concluir en instantes. Huyó hasta de la mismísima muerte en las calles de la capital, cuando una víctima le disparó tras un atraco. Las balas no lograron alcanzarlo.

Tiempo después, ya con diez años, se escapó de nuevo, esa vez del sitio donde se encontraba cuando estaba bajo el amparo de la Fundación Niños de los Andes. Así lo recuerda Patricia González, integrante de dicha entidad: “No fue fácil su proceso de adaptación. Iba y venía constantemente. Era un desertor”. Huyó no una, varias veces.

De lo que no pudo huir fue del amor y la bondad de un ser que le cambió su destino: Papá Jaime, Jaime Eduardo Jaramillo, el fundador de Niños de los Andes. Con él inició en el amanecer de su adolescencia un proceso que transformó su manera de asumir la existencia.

Su rehabilitación fue un proceso largo pero satisfactorio, no exento de tropiezos, que culminaría tiempo después con un viaje a Francia.

“Volví a nacer”

Luis comenzó a superar obstáculos. La mayoría quedaban atrás, otros lo hicieron devolverse y comenzar de nuevo. A los 14 años parecía que su vida estaba encarrilada por rumbos conocidos. Regresó a su hogar, tras casi siete años de ausencia, pero una huida más empantanar a sus progresos. Las calles lo acogieron de nuevo, atraído por las drogas y el dinero fácil producto de los robos.

La Fundación, lejos de rechazarlo, le abrió sus puertas otra vez, esta vez para siempre. Su cambio era notable. Patricia González recuerda bien el día en que Luis, en medio de una misa, intercambió de manera afectuosa y respetuosa unas palabras con el padre Luis Fernando Álvarez, sacerdote jesuita, decano de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Javeriana, quien al ver su decencia, su sensibilidad en las palabras, le auguró una noticia grande que le daría un rumbo a su vida.

La gran noticia

En 1997 se ganó una beca de AFS Programas Interculturales Colombia, entidad que apoya a la Fundación, y fue va a vivir a Francia durante un año junto a la familia Brichet, conocida de la entidad.

Sin saber una palabra en francés, pero sin miedo y mucha fe, Luis aterrizó en tierras europeas dispuesto a aprovechar la oportunidad. Desde entonces no fue el mismo que deambulaba por su existencia durante años. A partir de aquel momento su vida tomó un vuelo que hoy, más de veinte años después, no se ha detenido.

Al regreso a Colombia, y dueño de un francés que pulió con el tiempo, Luis recibió la promesa que el padre Álvarez le había guardado: una beca para estudiar Derecho en la Javeriana. Era la presea a su resiliencia.

Otro premio, un compromiso

Vendría luego un premio más, uno que lo llena de orgullo, el cual todavía aloja en su casa. Aún hoy, veintiún años después, no tiene certeza de quién lo postuló. Todo apunta a que fue Papá Jaime, pero nunca se lo han dicho. Es una suposición suya.

El día de la entrega de EL COLOMBIANO Ejemplar, el 10 de agosto de 2000, coincidió con su cumpleaños número veinte. Tal como si lo hubiera planeado como un festejo particular para un reconocimiento por todo lo que para él significó haber llegado a ese escenario, tras años de angustias, penas y sacrificios.

Con el premio en sus manos, encima de la tarima, y al lado de personajes de la talla de Rodolfo Llinás o Francisco de Roux, su mensaje hacia sus conocidos y allegados era claro: que era posible soñar, que era necesario un cambio de actitud para salir adelante, y que se podía crecer con metas y anhelos alcanzables.

En las memorias de este galardón se destaca que Luis fue escogido como ejemplar por haber “tomado activamente el apostolado de la solidaridad con los niños que hoy trabajan en las alcantarillas y el dolor, como él lo fue, haciendo también una labor de divulgación internacional para buscar ayudas a esta obra en Bogotá”.

Al hacer un repaso de su vida, Luis cuenta que fue papá de dos gemelos, Daniel y Fabián, quienes cumplirán veinte años el 24 de junio. Luego nacería su tercer hijo, Sebastián. Logró graduarse como abogado de la Javeriana, fue profesor de francés, comenzó su trayectoria profesional en una firma de abogados, se especializó en derecho administrativo –”esta vez sí pagué yo”– y en la actualidad está  vinculado a una concesión vial entre Villavicencio y Yopal, en el oriente del país.

Con la Fundación Niños de los Andes sigue ligado como asesor jurídico, un rol que le calza a la perfección, y con el cual intenta devolver una parte de lo que la entidad le brindó para ser la persona que hoy es.

Por: Sebastián Aguirre Eastman. Fotos Mario Toro.

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