Chinchal

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Persona Ejemplar: Solidaridad

La clase que salva vidas en El Chinchal

Doña Aura no tenía ni una cartelera para enseñarles a los niños de su escuelita qué era eso de las minas antipersonal. Ella no sabía sobre el tema, tampoco, pero tenía claro que había que buscar la estrategia. No era una materia, era una necesidad. Todo inició en 2004, quizá un poco antes. La escuela El Chinchal queda en El Chinchal, vereda del municipio de Samaniego, Nariño. En ese entonces el conflicto armado llegó con crueldad. “Nos vimos afectados porque donde yo trabajo es una zona bastante peligrosa. Hay varios grupos armados y está el Ejército. La escuelita está en una montañita y es una zona estratégica para poder disparar”. Les empezaron a avisar. Cada que iba a haber hostigamientos no podían salir o debían irse para el pueblo, y no estudiar. Imposible. Un día hubo un enfrentamiento muy fuerte. Aura María Obando, la profesora, estaba en Pasto. Atacaron, le contaron, con helicópteros, y cuando regresó, vio, que su escuelita estaba llena de cascarones, de huecos.

Los niños se intimidaron. No querían ir a la escuela, y las cosas empeoraron: supieron de las minas antipersonal. La primera víctima cayó el 31 de diciembre de 2005. “Empezó el problema y se llegó a saber que el corregimiento de El Chinchal, que tiene cuatro vereditas, estaba también minado”. Llegó el terror. Se preocuparon los profesores, se preocuparon los padres, se preocuparon los niños. Menos que querían ir a estudiar. Hubo, por tanto, que mirar soluciones y se conformó una comisión, en 2006, para llegar a un acuerdo con el grupo que puso las minas. Se establecieron acuerdos, se llegó a unas conclusiones y ahí, exacto, la idea de doña Aura tomó camino.

“De todas maneras no podíamos esperar a que se hiciera el desminado humanitario, porque tendría que pasar mucho tiempo. Lo único que dijimos que podíamos hacer era preparar a los estudiantes para que por lo menos no salieran a las zonas donde se sabía que estaban las minas, porque no había señalización, ni nada. Por decir algo, se escuchaban detonaciones a diario, porque los animales pasaban por esos caminos y hubo víctimas de la misma zona. Eso fue algo desastroso. ¿Qué tuvimos que hacer? No salir de la escuela. No podíamos realizar actividades culturales. Nos tocó encerrarnos, pero también enseñarles cómo identificar dónde había una mina”. La profesora aprendió lo que no sabía. De la vicepresidencia les dieron una capacitación. Su labor no era solo darles cátedra a las mamás, sino buscar estrategias para que los niños, desde la práctica, aprendieran.

No podía ser solo teoría. Había que imaginar dónde estaba la mina. Los alumnos tuvieron una materia más: la de minas antipersonal. “Claro que ha ayudado bastante. Imagínese, en principio ni siquiera yo sabía que eso era tan dañino. En el tiempo de los helicópteros, pues los niños tomaban los cascarones, encontraban municiones sin explotar, y andaban jugando con eso, pero después ya no. Ellos hoy en día ven una cosa extraña y no la tocan, ni la patean. Entre ellos mismos se cuidan. Ya saben que es peligroso”. La clase continúa porque, dice doña Aura, todavía viven en zona roja. La violencia no se ha ido. Solo que ya hay cartelera. Ya los juguetes no se hacen con municiones que se encuentran al azar. Ya una mina antipersonal, nunca será balón.