José María Acevedo dice estar triste porque desde hace ocho meses no puede jugar al ajedrez con la frecuencia y la manera en que lo ha hecho desde los diez años. A sus 102 años -los celebró en agosto-, el deterioro natural en su visión ya le impide al fundador de Industrias Haceb S.A. seguir demostrando sus habilidades en una disciplina que ha tenido una cuota importante en su posición como empresario. Sin el ajedrez, dice, tal vez no habría Haceb.
Por eso en el escritorio de su oficina, ubicada en el centro de la planta de producción de la empresa en Copacabana, y desde cuyo balcón se observan el restaurante y la cancha de fútbol, y las montañas que cubren la espalda del centro urbano de este municipio, sobresalen dos tableros, uno grande, con fichas de grandes proporciones, y otro más pequeño aunque no tanto. Hay otro más está guardado en uno de los escritorios.
“En este tablero de ajedrez pienso cuál es la mejor jugada que puedo hacer” y esa astucia la aplica en cada una de las decisiones que ha tomado. Lo dice, con lo mucho que le queda de lucidez, el hombre que en 1940 inició esta empresa en un garaje de no más de 25 metros cuadrados en el Centro de Medellín y que habla en uno de los rincones de este parque industrial que ocupa trescientos mil.

LOS SINDICATOS, SUS AMIGOS

José María Acevedo habla pausado pero se ríe parejo. Alcanza a escuchar la pregunta del periodista, que a su vez se la transmite, mejor se la grita, Héctor Arango Gaviria, el presidente de la Junta Directiva de Haceb. “Don José, ¿que usted qué les recomienda a los empresarios?”. Sus oídos tampoco funcionan ya del todo bien, pero aún así, con la pregunta repetida -y gritada- le alcanza para entender.
“Yo no les quisiera decir nada. ¿Qué les voy a decir yo? Eso es personal y se los pueden enseñar los papás o los abuelos. Ese no es mi trabajo”.
A Acevedo le cuesta entender por qué es que es famoso, si desde que fundó Haceb no hizo nada por figurar, o al menos eso afirma. Héctor Arango comenta que no es que le suenen mucho los reconocimientos, aunque en la ceremonia de entrega de EL COLOMBIANO Ejemplar, en la plazoleta del Mamm, estaba en primera fila sentado, acompañado de algunos familiares. Hasta allá fue a entregarle la condecoración el presidente del Grupo Argos, Jorge Mario Velásquez.
Su misión desde el comienzo fue hacer lo que necesitaba hacer, sin preocuparse por conseguir mucho o poco capital. “El capital solo no sirve para nada”. Por eso siempre quiso que lo vieran como uno más, de que sus empleados, más de cuatro mil -son 4.137 exactos, le ayuda Héctor Arango- lo acogieran como a cualquier otro compañero.
“Tengo entendido que todos me quieren. Hasta los de los sindicatos son mis amigos”, sostiene entre risas, porque a pesar de su avanzada edad es pícaro y entiende lo que se le dice, así sea gritado y a la distancia, por aquello de los protocolos, que a sus 102 años deben ser más rigurosos.
Al lado del tablero grande de ajedrez Acevedo mantiene tres lupas. Ninguna es mejor que la otra y todas sirven para lo mismo: para leer los periódicos y mantenerse enterado de lo que acontece, en su industria, en el país, en el mundo. Casi todos los días va a la oficina aproximadamente a las once de la mañana, y se retira tipo cuatro de la tarde. No le gusta quedarse en casa, para qué si en Haceb es feliz, además “vengo y hago ejercicio. Es que trabajar es muy bueno”.
También aprovecha para ganarles una partida de ajedrez a algunos de los colaboradores más duchos, como Martín, o también a Raúl Restrepo, quien hace parte, junto a Héctor Arango y Santiago Londoño (el gerente de Haceb), de un grupo reducido de personas que se sientan con él a revisar qué nuevos productos pueden lanzar al mercado.

Y aunque el ajedrez es un deporte individual, Londoño dice que en la empresa Acevedo no acepta los individualismos. Sin embargo, afirma que una de las enseñanzas que el fundador de la empresa que ahora gerencia le ha dejado es que para transformar a los otros, hay que transformarse a sí mismo.
Quizás es que por eso asegura que el ajedrez lo deberían enseñar desde la primaria. Para que los niños, desde pequeños, entiendan que sin los otros no hay uno y que el líder innato no lidera solo, a pesar de que debe aprender a liderarse a sí mismo.

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